Los bioplásticos, biomateriales presentados en la actualidad como alternativa sostenible al plástico convencional derivado del petróleo, podrían no ser tan seguros como se plantea. Un estudio de la Universidade da Coruña (UDC) ha evaluado el riesgo toxicológico a nivel medioambiental y para la salud humana derivado de los metales asociados a microplásticos de origen biológico. Tras simular el proceso de digestión humana, los resultados muestran que estas partículas son inocuas en condiciones normales, pero pueden representar un riesgo si acumulan metales contaminantes del entorno. El estudio demuestra la necesidad de conocer la cantidad de metal que el cuerpo humano absorbe tras su liberación desde los plásticos (de los envases, por ejemplo), y no solo centrarse en la cantidad presente en la materia prima.
Llevamos años escuchando y leyendo que los bioplásticos, obtenidos a partir de fuentes renovables como la biomasa, son la solución sostenible al problema de la contaminación y la elevada generación de residuos por parte de los plásticos convencionales. Además de fabricarse a partir de recursos naturales renovables, se degradan con mayor facilidad y, en principio, parecen más inocuos para el medio ambiente y la salud. Pero, ¿los bioplásticos son real y totalmente seguros? Esta es la pregunta que nos planteamos desde el grupo de investigación de Química Analítica Aplicada (QANAP) de la Universidade da Coruña (UDC).
Los microplásticos son fragmentos de plástico de tamaño diminuto —menores de cinco milímetros— que se generan cuando los materiales plásticos se degradan en el entorno. Se han encontrado en el agua que bebemos, en los alimentos que comemos e incluso en tejidos del cuerpo humano. Una de las preocupaciones más importantes es que estos fragmentos actúan como una especie de imán. Por diferentes efectos de atracción, los microplásticos pueden capturar y acumular metales contaminantes presentes en el entorno, y transportarlos hasta nuestro organismo cuando los ingerimos.

Lo que no siempre se tiene en cuenta es que no todo el metal que contiene un microplástico llega a absorberse en el cuerpo. Para que un metal nos afecte realmente, primero tiene que liberarse dentro del sistema digestivo y atravesar la pared intestinal para entrar en la sangre. A la cantidad de metal que efectivamente realiza ese recorrido la llamamos biodisponible, y es mucho más pequeña que la cantidad total de metal presente en el plástico por su adición como aditivo en el momento de la fabricación, o por dicho efecto de atracción.
Reproducir el proceso de digestión para entender el efecto de los bioplásticos
En nuestro estudio analizamos tres de los bioplásticos más comunes: el ácido poliláctico (PLA), el polihidroxibutirato (PHB) y el poli(3-hidroxibutirato-co-3-hidroxivalerato) (PHBV), los cuales son ampliamente utilizados hoy en día en muchos objetos de nuestra vida cotidiana. Para simular lo que ocurre dentro del cuerpo humano, utilizamos un procedimiento de laboratorio que reproduce las condiciones digestivas bucales, estomacales e intestinales, incluyendo una membrana que imita la absorción a través del epitelio intestinal, la pared a través de la cual absorbemos los nutrientes. Estudiamos estos materiales en tres situaciones distintas: tal como se fabrican, después de haber envejecido en el mar, y tras haber sido cargados con metales contaminantes para simular una exposición realista y alcanzar ese efecto de “caballo de Troya”.
Situaciones preocupantes cuando se acumulan metales
Los resultados fueron reveladores. Los bioplásticos en su estado original y los que habían envejecido en el mar no mostraron ningún riesgo para la salud. Sin embargo, cuando los plásticos habían acumulado ciertas cantidades de metales, tal y como ocurriría en entornos muy contaminados, sí detectamos ciertas situaciones más preocupantes. En concreto, identificamos valores que superaban los umbrales de riesgo y seguridad para cadmio, cobalto y antimonio —metales hasta hoy en día considerados de tipo no cancerígeno (una clasificación que va a cambiar en poco tiempo)— en personas adultas y en la niñez, así como para el cromo (cancerígeno) en población infantil. Todo esto, tras aplicar el ensayo de laboratorio de simulación digestiva y calcular únicamente la fracción que el cuerpo realmente absorbería, la biodisponible.
Los resultados tienen una implicación práctica muy importante: los métodos tradicionales de evaluación del riesgo, que toman como referencia la cantidad total de metal en el plástico, pueden estar sobreestimando el peligro real. Nuestro enfoque, que tiene en cuenta lo que el cuerpo efectivamente absorbe, permite hacer una evaluación más precisa y ajustada a la realidad y, sobre todo, dirigida a situaciones o entornos más concretos. En definitiva, los bioplásticos parecen seguros en condiciones normales de uso y situaciones controladas de exposición ambiental. Sin embargo, la creciente contaminación de nuestro entorno, con millones de toneladas de residuos plásticos en los océanos y la generación de microplásticos que pueden transportar metales ocultos, agrava los riesgos. ¿De qué sirve desarrollar materiales más sostenibles si, por nuestra propia despreocupación en el cuidado del medioambiente, contribuimos a que estos generen un nuevo problema?
Referencia:
Javier Terán-Baamonde, Rosa-María Soto-Ferreiro, Elia Alonso-Rodríguez, Alatzne Carlosena-Zubieta, Soledad Muniategui-Lorenzo (2026) Human health risk assessment of metals from bio-based microplastics using a bioavailability gastrointestinal digestion model. Environmental Pollution, 391, 127582. https://doi.org/10.1016/j.envpol.2025.127582.
Autores del artículo divulgativo:
Javier Terán Baamonde, Rosa María Soto Ferreiro y Alatzne Carlosena Zubieta
Grupo Química Analítica Aplicada (QANAP), Universidade da Coruña (UDC)
Centro de Innovación Tecnológica en Edificación e Ingeniería Civil (CITEEC)
Fuente: Scientias
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