Solemos asociar la serotonina con el cerebro y el estado de ánimo, pero cerca del 95 % de esta molécula se produce en el intestino. A través del eje intestino-cerebro, las células productoras de serotonina conectan el sistema nervioso gastrointestinal con el cerebro e influyen en la regulación del ánimo, la cognición y el comportamiento. Investigaciones recientes han relacionado las alteraciones en esta comunicación con trastornos como la depresión y la enfermedad de Parkinson. Comprender este eje abre nuevas estrategias terapéuticas para enfermedades psiquiátricas y neurológicas.
Cuando pensamos en la serotonina, la “molécula de la felicidad”, la asociamos al cerebro y al estado de ánimo. Sin embargo, cerca del 95% de esta molécula se produce en el tracto gastrointestinal.
El “segundo cerebro” o sistema nervioso entérico, el que se ubica en el tracto digestivo, no solo regula la digestión. También se comunica de forma bidireccional con el cerebro a través del eje intestino-cerebro, donde la serotonina es un mensajero clave.
Cada vez más estudios indican que las alteraciones en la serotonina intestinal y en este eje pueden contribuir al desarrollo de trastornos neurológicos y psiquiátricos. En este contexto, una revisión reciente de nuestro grupo, publicada en la revista Spanish Journal of Psychiatry and Mental Health, analiza cómo esta conexión a través de la serotonina ayuda a comprender la depresión y la enfermedad de Parkinson.
La serotonina del intestino, producida principalmente por unas células llamadas enterocromafines, actúa como neurotransmisor y modulador de la plasticidad. Aunque no cruza la barrera hematoencefálica, influye en el cerebro mediante el nervio vago, el sistema inmunitario y la microbiota, y es esencial para el funcionamiento del sistema nervioso entérico.
Depresión y enfermedad de Parkinson: un desequilibrio sistémico
El intestino influye en el estado de ánimo, la cognición y el comportamiento. Pacientes con trastorno depresivo mayor presentan con frecuencia síntomas gastrointestinales como el síndrome del intestino irritable, diarrea o estreñimiento. Esta asociación sugiere una alteración del eje intestino-cerebro y un desequilibrio sistémico de serotonina y mediadores inflamatorios, más allá de una disfunción exclusivamente cerebral.
En este contexto, no sorprende que los antidepresivos más prescritos, los ISRS (Inhibidores Selectivos de la Recaptación de Serotonina), actúen sobre el transportador de serotonina presente tanto en el cerebro como en el intestino y el sistema nervioso entérico. Sus efectos gastrointestinales (náuseas, diarrea o cambios en la motilidad) reflejan que estos antidepresivos también modulan la señalización serotoninérgica del “segundo cerebro”.
Por su parte, la enfermedad de Parkinson se caracteriza por la acumulación de la proteína α-sinucleína mal plegada. Aunque se considera un trastorno motor, pueden aparecer síntomas no motores tales como alteraciones gastrointestinales, principalmente estreñimiento, años antes de la manifestación mental de la enfermedad. Este patrón respalda la hipótesis denominada “cuerpo primero” (body-first), que destacamos en nuestro artículo de revisión, según la cual el Parkinson podría iniciarse en el intestino.
Se ha detectado α-sinucleína en las células enterocromafines, las que producen la serotonina en el intestino. En pacientes con parkinson la proteína patológica se acumularía en estas células y se propagaría por el nervio vago hasta el tronco encefálico. En muchos casos, las primeras estructuras afectadas son núcleos del tronco como los núcleos del rafe, principales centros serotoninérgicos cerebrales. Esta afectación se produce antes incluso que en los núcleos dopaminérgicos, responsables de la sintomatología motora, lo que explicaría la alta incidencia de depresión y ansiedad en fases tempranas de la enfermedad de Parkinson, previas a la sintomatología motora.
El papel de la microbiota intestinal
Nuestra “huella” bacteriana emerge como actor clave. La microbiota intestinal modula el metabolismo del triptófano, un aminoácido necesario para producir serotonina, e influye en la homeostasis del sistema. Por ello, no es casual que tanto en el párkinson como en la depresión existan alteraciones en la composición de la microbiota (disbiosis).
Nuevas abordajes terapéuticos
Comprender esta autopista de comunicación entre intestino y cerebro abre nuevas dianas terapéuticas. El futuro del tratamiento del párkinson y la depresión podría no depender solo de fármacos que crucen la barrera hematoencefálica, sino también de intervenciones dirigidas al intestino, como probióticos de precisión, bacterias terapéuticas diseñadas o moduladores selectivos de receptores serotoninérgicos intestinales.
En conjunto, la evidencia apoya una visión integradora: depresión y párkinson no son solo trastornos cerebrales, sino condiciones sistémicas donde el intestino desempeña un papel central.
Referencia:
Sancho-Alonso M, Sarriés-Serrano U, Miquel-Rio L, Yanes Castilla C, Paz V, Meana JJ, Perello M, Bortolozzi A. New insights into the effects of serotonin on Parkinson’s disease and depression through its role in the gastrointestinal tract. Span J Psychiatry Ment Health. 2025 Jul-Sep;18(3):216-227. doi: 10.1016/j.sjpmh.2024.07.002. Epub 2024 Jul 9. PMID: 38992345.
Autores del artículo divulgativo:
María Sancho Alonso
Departamento de Anatomía y Embriología Humana
Universidad de Valencia
Instituto de Investigación Biomédica de Barcelona (IIBB-CSIC)
CIBERSAM
Lluís Miquel Río y Analia Bortolozzi
Instituto de Investigación Biomédica de Barcelona (IIBB-CSIC)
CIBERSAM
Fuente: Scientias
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