Las comunidades de aprendizaje, un modelo educativo donde las familias y personas voluntarias del barrio comparten su bagaje vital y experiencial en las escuelas, rompe la homogeneidad del discurso docente y facilita un aprendizaje más significativo y contextualizado. Una investigación ha puesto el foco en 62 centros educativos andaluces donde se aplica este modelo. Los resultados muestran una implicación alta del voluntariado en el aula, pero muy escasa en la gestión y en la toma de decisiones del centro. El hallazgo evidencia la necesidad de transitar hacia una participación decisoria compartida, fundamental para democratizar el espacio escolar y lograr una verdadera inclusión social y educativa.
El modelo de comunidades de aprendizaje es un proyecto de transformación social y cultural que busca derribar los muros invisibles entre la escuela y su entorno. En un contexto donde la educación a menudo se percibe como una tarea técnica delegada exclusivamente a los profesionales, nuestra investigación pone el foco en cómo 62 centros educativos andaluces están redefiniendo el significado de la participación comunitaria. Este cambio de paradigma sugiere que el éxito escolar no depende solo de lo que ocurre dentro del aula, sino de la calidad de las interacciones entre todos los agentes que rodean al alumnado.
Los cimientos de una nueva escuela: aprendizaje dialógico
Para entender qué ocurre en estos centros, es esencial comprender el concepto de aprendizaje dialógico. Este enfoque sostiene que el conocimiento se valida de manera intersubjetiva, entre diversas personas que interaccionan y lo comparten, y se orienta a superar desigualdades sociales. En lugar de priorizar únicamente el saber académico formal, las Comunidades de Aprendizaje reivindican la inteligencia cultural, defendiendo que la contribución de las familias y del voluntariado no depende de sus títulos académicos, sino de su bagaje vital y experiencial. La inclusión de diversas voces en el aula rompe la homogeneidad del discurso docente y facilita un aprendizaje más significativo y contextualizado para los estudiantes.
Los pilares de la participación: actuaciones educativas de éxito
En nuestro recorrido por estos colegios hemos visto actividades que nos han sorprendido gratamente. La que más éxito tiene son los grupos interactivos. En ellos la clase se divide en pequeñas mesas y en cada una, además de los estudiantes, hay una madre, un abuelo o un joven voluntario que ayuda a que todos participen y nadie se quede atrás. Hemos comprobado que en casi nueve de cada diez colegios que visitamos, en los que se está aplicando la participación comunitaria, esto ya es una realidad. Cuando un niño ve a alguien de su propia familia o a un vecino ayudándole en el colegio, su motivación y su confianza se disparan.
Otra práctica que hemos analizado son las tertulias dialógicas. No hay que pensar en ellas como una clase de lengua tradicional. Son momentos en los que adultos y alumnado se sientan en círculo para charlar sobre libros clásicos de la literatura universal. Aquí no buscamos que nadie dé una lección magistral. Por el contrario, lo que se pretende es que cada uno cuente qué le ha hecho sentir la lectura. Nos llamó la atención que, aunque los familiares participan mucho, todavía son los docentes quienes suelen hacer el rol de moderadores. Nosotros creemos que el siguiente paso es que sean las propias familias o el alumnado los que se atrevan a moderar estas conversaciones.
Desafíos y barreras para una participación real
A lo largo de nuestra investigación hemos detectado que, aunque las escuelas abren las puertas para que la gente entre a ayudar, todavía cuesta dejarles participar en las decisiones importantes. Solo una pequeña parte de los centros tiene un equipo donde profesores y familias deciden juntos, de igual a igual, cómo se organiza el colegio. También nos hemos dado cuenta de que el tiempo es un gran obstáculo. En muchos barrios, las familias tienen jornadas de trabajo muy largas y les es casi imposible acercarse al centro educativo. Por eso, hemos visto que algunas actividades que se hacen por la tarde acaban en manos de empresas externas en lugar de ser gestionadas por personas del barrio. Esto es algo que debemos mejorar si queremos que la escuela pertenezca de verdad a su comunidad.
Transformar una escuela es un viaje que requiere paciencia. Algunos docentes todavía se sienten recelosos al trabajar con el voluntariado dentro del aula, pero esa idea desaparece cuando ven los resultados: la convivencia mejora y los niños y niñas aprenden más y mejor. Estamos convencidos de que este es el camino hacia una educación más justa. Una escuela que se abre a su entorno no solo ayuda a que el alumnado obtenga mejores notas, también fomenta que todo el barrio se sienta más unido y orgulloso.
Este trabajo se ha realizado en el marco del proyecto de investigación I+D Impacto de las Actuaciones Educativas, de la Red Andaluza de Escuelas Comunidades de Aprendizaje, sobre el rendimiento y la convivencia escolar (PID2021-122302N), financiado por el MCIN/AEI/10.13039/501100011033 y por el programa FEDER «Una manera de hacer Europa».
Referencia:
Domínguez Rodríguez, F. J., & Prados-Gallardo, M. M. (2026). Participación y educación comunitaria desde el modelo de comunidades de aprendizaje en Andalucía. EDUCAR, 62(1), 51–65. https://doi.org/10.5565/rev/educar.2579
Autores del artículo divulgativo:
María del Mar Prados-Gallardo
Universidad de Sevilla
Francisco Javier Domínguez Rodríguez
Universidad de Castilla-La Mancha
Fuente: Scientias
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